La relación de los seres humanos con la naturaleza
Yellow-throated Toucans

La relación de los seres humanos con la naturaleza

Palabras del Lic. Raúl Arias de Para en la conferencia
La Importancia del Medio Ambiente y su Relación con el Cáncer de la Piel en Panamá
Patrocinada por el Centro de Información de las Naciones Unidas en Panamá y la Fundación Pro-enfermos del Cáncer
Panamá
30 de octubre de 2002

Sean mis primeras palabras, palabras de agradecimiento a los organizadores de este evento por darme la oportunidad, realmente el privilegio, de compartir algunas de mis ideas sobre la naturaleza con una audiencia tan selecta reunida en torno a causas tan nobles como son la lucha contra el cáncer y la protección del medio ambiente.

El tema que he escogido, la relación de los seres humanos con la naturaleza, con la tierra, es vasto y complejo. No pretendo tratarlo íntegramente en los próximos minutos, sería imposible, pretendo en cambio, simplemente describir a grandes rasgos, algunos aspectos de esta asociación y luego, aventurar ciertos argumentos que parecen explicar los íntimos y extraordinarios nexos que tiene el hombre con el medio ambiente.

Remontémonos ahora a la edad antigua y leamos un texto escrito por el filósofo Filo Judeos, allá por el año 30 antes de Cristo:

La naturaleza le ha otorgado a cada madre, como parte esencial de su ser, pechos rebosantes para alimentar las criaturas que van a nacer. La tierra, como todos sabemos, es una madre y por eso, los antiguos pensaron que era justo llamarla Demeter combinando las palabras tierra y madre. Y los poetas, con toda razón, tienen la costumbre de llamar a la tierra, “Madre de todo”, “Fuente de todo”, “Pandora”, dado que es la causa original de la existencia y de la continuidad de la existencia de todas las plantas y animales. Así pues, en lugar de pechos rebosantes, la naturaleza le otorgó a la tierra, la más antigua y fértil de todas las madres, ríos y manantiales para que las plantas florezcan y los animales tengan abundante agua que beber.1

Qué pasaje mas hermoso!

Observen que se refiere a los “antiguos” como proponentes originales de llamar a la tierra, madre.

“La tierra, como todos sabemos, es una madre y por eso, los antiguos pensaron que era justo llamarla Demeter, combinando las palabras tierra y madre.”

Dado que Filo Judeos vivió al inicio de la Era Cristiana, a ¿quién se refería él cuando menciona a los antiguos? ¿A los sumarios, a los egipcios? Ni a unos ni a otros. Se refería a la mitología griega que entre los dioses del Olimpo incluyó a una mujer que llamaban Demeter y quien representaba a la tierra.

Pero la analogía maternal no está limitada a las antiguas civilizaciones del mediterráneo.

Quizás la más directa versión de esta metáfora la encontramos entre los habitantes originales de la Isla de Pascuas, islote situado a medio mundo de la antigua Grecia, en el vasto Océano Pacífico, a 2000 millas de la costa de Chile. Allí, entre enormes gigantes de piedra, floreció la cultura Rapa Nui, descubierta por un grupo de marinos holandeses el Domingo de Pascuas del año 1722. (de allí el nombre Isla de Pascuas)

Pues bien, el lenguaje empleado por los habitantes originales de esta isla misteriosa utiliza el mismo vocablo para describir a la tierra y al vientre de la mujer. Dificulto la existencia de una conexión mas íntima y directa entre la tierra y la maternidad. Paradójicamente, la cultura Rapa Nui desapareció, según algunos antropólogos, debido al uso desordenado de los recursos naturales.

Viajemos ahora al viejo continente, a Italia en los inicios del siglo XIII y encontramos el Cántico del Hermano Sol, de San Francisco de Asís, a quien me gusta llamar el primer ecologista.

Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas,
especialmente el hermano Sol,
el cual hace el día y nos da la luz.

Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas;
en el cielo las has formado claras y preciosas y bellas.

Loado seas, mi Señor, por la hermana agua
la cual es muy útil, y humilde, y preciosa, y casta.

Loado seas, mi Señor por nuestra Madre Tierra,
la cual nos sustenta y gobierna,
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Observen que no llama a la tierra hermana, como ha hecho con el sol, la luna y las estrellas. San Francisco la llama madre, “que nos sustenta y gobierna”, precisamente como hacen nuestras madres naturales.

Podría multiplicar, fácilmente si quisiera, estos ejemplos y compartir con Uds. otros pasajes de filósofos, pensadores y poetas que exaltan la naturaleza, la tierra, y la comparan con el ser más preciado de la familia humana, la madre. En nuestro propio país, dos pueblos indígenas, los Kuna y los Embera, llaman a la tierra madre, utilizando los vocablos Napguana y Papa Egoro, respectivamente.

Sin embargo, no creo que sea necesario ofrecer más ejemplos, el punto está claro: la relación del hombre con la naturaleza, con la tierra, va mucho más allá de la relación utilitaria de proveer alimentos y albergue. Hay algo ciertamente más profundo e íntimo.

Para descubrirlo es preciso conocer la obra de un profesor de biología de la Universidad de Harvard, llamado Edward O. Wilson.

El profesor Wilson sostiene que la tendencia del ser humano de exaltar la naturaleza y buscar el contacto íntimo con ella es la expresión de una necesidad biológica que forma parte integral de nuestra personalidad como seres humanos. Dicho de otra forma, parte de nuestra herencia genética contiene elementos que producen en nosotros la necesidad inexorable de asociarnos, de relacionarnos, de estar en contacto con la naturaleza y con otros seres vivientes. Wilson llama a esta tendencia: “Biofilia”, es decir, atracción hacia la vida.

Y, ¿en qué fundamenta Wilson esta hipótesis?

Pues bien, la historia de la humanidad, nuestra historia como seres humanos, no comenzó hace 130,000 años con la presencia de los primeros miembros de la especie “Homo sapiens sapiens”, nuestra especie, ni menos aún hace 10,000 años cuando ellos por primera vez se agruparon en aldeas y comenzaron a cultivar la tierra en forma más o menos organizada.

Nuestra historia tiene sus raíces profundas en la primera especie humana, el “Homo habilis” que caminó erecto por las planicies africanas hace más de veinte mil siglos, es decir 2 millones de años.

En otras palabras, durante más del 99% de nuestra historia, hemos habitado en los bosques, las planicies, las costas, en un contacto diario e íntimo con la naturaleza. No en ciudades. Para sobrevivir y prosperar en diferentes ecosistemas, plagados de depredadores, el hombre desarrolló necesariamente una fuerte predisposición hacia la naturaleza, un nexo profundo con la tierra. Así pues, nuestro cerebro evolucionó en un ambiente natural, rodeado de bosques y animales de todo tipo, no en un ambiente artificial rodeado de máquinas, edificios y aparatos. Esto inevitablemente produjo una afinidad hacia la naturaleza, una tendencia hacia el mundo natural, la cual, según Wilson, existe todavía pues es imposible borrar millones de años de historia genética en el corto período, relativamente hablando, en que el hombre ha vivido en centros urbanos.

Y, ¿cómo se manifiesta esta tendencia? Esta afinidad, lo que Wilson llama “biofilia”.

La primera y más obvia demostración de esta tendencia es la analogía maternal, tierra-madre, madre-tierra que encontramos en múltiples culturas y en diversos períodos de la historia. Pero hay muchas otras muestras de esta afinidad, de estos nexos, a continuación mencionaré sólo algunos:

  1. En los EEUU, en donde existe estadística sobre el particular, los zoológicos tienen más visitantes anualmente que todos los eventos deportivos profesionales juntos; el 10% de la población pertenece a alguna organización conservacionista y sus parques nacionales reciben 300 millones de visitantes al año.
  2. Los canales de televisión Discovery Channel y Animal Planet, que muestran programas casi exclusivamente sobre la naturaleza y el mundo animal, son entre los más populares a nivel internacional.
  3. Residentes de centros urbanos alrededor del mundo tienen pesadillas sobre serpientes, arañas y caer al vacío a pesar de que estas ya no son causas significativas de muerte dentro del género humano. Sin embargo, casi nunca tienen pesadillas sobre morir en un accidente de tránsito o electrocutados, que sí representan causas importantes de muerte en el mundo actual.
  4. Tan pronto una familia puede darse el lujo de adquirir una segunda vivienda lo hace en el campo o en la playa.
  5. El sueño de todo los niños es tener una casita en un árbol. Confieso que yo cumplí ese sueño, en un enorme y centenario Espavé en el Valle de Antón, hace unos 20 años, siendo no exactamente un niño, biológicamente hablando, por supuesto.
  6. El deseo de dotar a las ciudades de parques y jardines públicos es universal y comenzó hace miles de años con los jardines colgantes de Babilonia.
  7. Los japoneses inventaron el arte de “bonsai” para traer los grandes árboles, en miniatura, al interior de sus residencias.
  8. Los resultados de más de 100 estudios psicológicos sobre el efecto que produce en la gente la visita a parques nacionales muestran que la reducción del “stress” es el beneficio más importante de dicha actividad.2
  9. Un estudio realizado en un hospital de Suecia en 1990 investigó el efecto que tuvieron ciertos estímulos visuales sobre la convalecencia de pacientes sometidos a operaciones de corazón abierto. A un grupo le mostraron cuadros de escenas naturales, a otro cuadros modernos de arte abstracto y a otro no le mostraron nada. Las personas en el grupo que vieron las escenas naturales se recuperaron más rápido y sin menos traumas que los otros pacientes.3

En resumidas cuentas, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el ser humano tiene, ciertamente, una relación inefable, íntima y profunda con la naturaleza.

Para terminar quiero citar las palabras del Presidente de The Nature Conservancy, una de las organizaciones conservacionistas más importantes del mundo, la cual, dicho sea de paso, tiene oficinas en Panamá a cargo de nuestra buena amiga Mirei Endara.

Cuenta Steven McCormick que en un reciente viaje a la ciudad de Nueva York, la principal metrópolis del mundo moderno, le llamó la atención el atrio de un gigantesco rascacielos. Este espacio contenía un verdadero bosque con árboles y plantas de diversas especies y, en una pared, había una enorme pecera con coloridos peces tropicales.

Pienso, dice McCormick, que estas recreaciones del mundo natural son un testimonio de cuán fuertes son nuestros lazos con la naturaleza. Es como si tuviéramos una necesidad emocional de traer vestigios y recuerdos de nuestro hábitat natural al mundo de concreto y acero que nos rodea.4

Así es.
Muchas gracias.

 

  1. Glacken, Clarence J., Traces on the Rhodian Shore, Nature and Culture in Western Thought from Ancient Times to the End of the Eighteen Century, University of California Press, 1967, p. 14.
  2. Stephen R. Kellert y Edward O. Wilson, The Biophilia Hypothesis, Island Press, 1993, p. 101.
  3. Stephen R. Kellert y Edward O. Wilson, op. cit., p. 107.
  4. President’s View, Landmarks, The Nature Conservancy, Quarterly Report, Fall 2002.

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