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ECO-TURISMO INSTRUMENTO DE CONSERVACIÓN

Raúl Arias de Para
1994
El ecoturismo es mucho más que visitas esporádicas a regiones de extraordinaria belleza natural y vivir la experiencia inolvidable de pasar una noche en el bosque es sólo parte superficial del ecoturismo; esa actividad tan de moda en estos tiempos.

Para entender de que trata el ecoturismo, es preciso conocer el significado de la palabra "ecología", la cual viene del griego "eco" que significa casa y "logia" que significa ciencia o doctrina. El diccionario define ecología como aquella disciplina que estudia las relaciones existentes entre los organismos y el medio en que viven, es decir, entre un organismo y su casa. Y en un sentido más amplio, la ecología trata sobre la relación entre los seres vivientes y el planeta Tierra; nuestra casa grande, nuestra única morada.

La palabra turismo no requiere mayor explicación. De una u otra forma todos lo hemos practicado en algún momento de nuestras vidas pues el turismo es sencillamente la visita a algún lugar distinto al habitual por el mero gusto de conocerlo.

La combinación de las palabras ecología y turismo resulta en Ecoturismo, una fascinante actividad sobre la cual pretendo reflexionar someramente en los párrafos que siguen.

Iniciemos el viaje recordando que "eco" significa casa, por lo tanto, ecoturismo puede interpretarse como el acto de visitar nuestra casa. Pero no la casa de cemento y vidrio en la que vivimos diariamente sino la casa primigenia de nuestros ancestros remotísimos, la morada de la cual salimos hace miles de años. Me refiero a los bosques primarios en los que el ser humano es sólo una de las incontables especies de seres vivientes que los habitan.

Regresar a nuestra casa ancestral, es decir, visitar un bosque primario y caminar a solas por sus entrañas, es una experiencia aleccionadora en muchos sentidos. Por ejemplo, sirve para algo tan insignificante como mostrarnos lo superfluo de la indumentaria moderna, ¿de qué sirve una corbata en la selva? Sin embargo, lo más importante, aunque doloroso, es que produce una profunda sensación de vergüenza, quizás de angustia, al percatarnos que el hombre "civilizado" no ha sabido conservar la casa de sus ancestros.

¿Cuánto tiempo le quedan a los bosques primigenios que sirvieron de morada a los primeros poblados de la Tierra? ¿Cuánto tiempo falta para que la flora y la fauna de nuestros bosques habiten solamente en los recuerdos, en los museos y en las bibliotecas? Si seguimos con las tasas de deforestación que hemos practicado hasta ahora, es una cuestión de una o dos generaciones para que nuestros bosques se conviertan en peladeros estériles. Es precisamente por eso que el ecoturismo puede ser mucho más que una actividad entretenida y hasta aleccionadora, el ecoturismo puede y debe un instrumento de conservación.

A esta conclusión llegué yo por la vía de la experiencia personal directa. Aquí no hubo libros de textos ni teorías elaboradas por científicos, aunque luego descubrí que esas fuentes concuerdan con mi deducción, aquí hubo sencillamente la lógica de un empresario preocupado por el porvenir de un paraje maravilloso que estaba en peligro de perderse irremediablemente.

A continuación me explico.

Resulta que mis hermanos y yo heredamos de nuestro padre, don Tomás Arias, hijo (Q.E.P.D.), ciertos terrenos en El Valle de Antón en los cuales se encuentra una hermosa caída de agua formada por la Quebrada Amarilla en su inexorable camino al mar. Tiene una altura de más de 35 metros y está rodeada de exuberante vegetación. En su base se forma una pequeña piscina natural, la cual dicen está encantada, que sirve para desvanecer como por arte de magia las preocupaciones, los malestares y la fatiga de quienes se aventuran a zambullirse en ella. Seguramente, más de una pareja de enamorados se han jurado amor eterno entre las burbujas y la espuma de su cristalino caudal. Además, en el sitio vivían numerosas familias de ranitas doradas (Atelopus zeteki) y era común verlas saltar entre las negras rocas volcánicas semejando diminutos lunares móviles sobre la faz de la tierra.

Desafortunadamente, la afluencia desordenada de visitantes con poca conciencia ecológica fue arruinando el lugar debido a la basura y desperdicios que arrojaban a diestra y siniestra. Luego derribaron árboles centenarios y arrancaron de raíz plantas silvestres, helechos gigantes y delicadas orquídeas aéreas. Al poco tiempo, secuestraron todas las ranas doradas y se las llevaron a la fuerza a morir de melancolía en alguna pecera homogénea a cientos de kilómetros de distancia. Entonces, desapareció la paz y la naturaleza triste enmudeció.

Sin embargo, los descendientes de Don Tomás Arias decidimos rescatar el Chorro del lamentable estado en que se encontraba y emprendimos un proyecto diseñado a impedir su destrucción. Lo hicimos no sólo para honrar la memoria de nuestro progenitor, quién por más de siete décadas preservó el estado primigenio de esos ríos y bosques, sino también porque sabemos que la naturaleza no nos pertenece, le pertenece a las futuras generaciones y es nuestro sagrado deber preservarla para beneficio de quienes han de seguir viviendo en este planeta.

Ahora bien, el esfuerzo para rescatar el chorro no debía consistir en simplemente prohibir la entrada de extraños al sitio. Eso sería supremamente egoísta, pensé yo al inicio de mis cavilaciones sobre el tema. Teníamos que compartirlo con todo le mundo pero de una manera que no pusiera en peligro su porvenir. En otras palabras, este sería un perfecto ejemplo del concepto esgrimido a diario por los economistas: el de desarrollo sostenible, una actividad económica que no agota el recurso del cual se nutre.

Deberíamos también cobrar una suma módica por la entrada al sitio, no sólo para generar recursos con los cuales mantenerlo sino también para mostrarle a los visitantes que la naturaleza tiene un precio y en la medida en que es gratuita, desaparece. Entonces procedí a contratar a tres muchachos de El Valle, que por cierto estaban desempleados, y un buen día coloqué un letrero a la entrada del Chorro que estipulaba que la entrada al sitio costaba un balboa y establecía reglas elementales para la conservación de la naturaleza. Presto! Así nació una actividad ecoturística, un instrumento de conservación.

Han trascurrido ya tres años desde ese día de verano en el que formalicé la entrada al Chorro Macho (también llamado Chorro de Tomasito), iniciando así un proceso en el que la naturaleza genera los recursos para su propia conservación. Además, los vecinos del lugar se han convertido en sus mejores defensores pues han descubierto que pueden derivar su sustento del sitio en la medida en que se mantenga limpio y en su estado natural.

Lo que hice yo, gracias a Dios y a la ayuda de mucha gente, se puede hacer a nivel nacional pues Panamá ofrece características verdaderamente excepcionales para el ecoturismo ya que existen enormes extensiones de tierra virgen a menos de una hora de la ciudad capital. Me refiero a los Parques Nacionales Soberanía y Camino de Cruces y a partes del Parque Metropolitano. Por otro lado, están las tierras ocupadas por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, por ejemplo el Fuerte Sherman en el lado Atlántico, que revertirá a Panamá en menos de cinco años y el cual posee aproximadamente 10,000 hectáreas de bosque primario con algunas partes sin alterar desde tiempos precolombinos. Los Estados Unidos, sin saberlo, nos hicieron un favor incalculable al mantener estas tierras fuera del alcance de la voraz hacha santeña.

Es como si hace casi 100 años los fundadores de la República, haciendo gala de una visión insólita, hubiera decidido mantener incólumes enormes extensiones de tierra para beneficio de las futuras generaciones. El momento ha llegado, nosotros somos esas "futuras" generaciones y pronto tendremos la llave para ingresar a la cámara del tesoro cuyas puertas han permanecido cerradas por un siglo.

El ecoturismo puede ser el instrumento con el cual los panameños podremos explotar, sin agotar, los cuantiosos recursos naturales que pronto tendremos a nuestro alcance. Ojalá que sepamos administrar bien esta extraordinaria herencia natural.

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